El origen de la edificación de la ermita de Zamarrilla se debe relacionar con la práctica del rezo del santo rosario. Como es sabido, el 1 de noviembre de 1755 se produjo un devastador seísmo conocido como el “Terremoto de Lisboa”. Fue en este contexto cuando se originó el “Rosario de Zamarrilla”. Su fundador fue un malají (marinero) de nombre Antonio Barranquero, y se desarrollaba en el campillo de la Trinidad, en los alrededores del lugar que ocupaba una cruz llamada de Zamarrilla (datada al menos de 1568).
Ante el éxito obtenido, sus promotores se plantearon alzar una capilla en esa zona. La decisión fue adoptada a mediados del mes de mayo del año 1756. Para allegar los fondos imprescindibles para el comienzo de la obra captaron algunos donativos y, como era costumbre en la época, se realizaron algunas rifas.
Finalmente, el 16 de septiembre de 1757, y tras solicitar la cesión de un terreno para construir el sacro recinto y adecentar el lugar plantando en él una arboleda, el Ayuntamiento “concedió ocho varas en quadro frente a la cruz de Zamarrilla”.
Las obras comenzaron el 15 de octubre de 1757 y se le encomendaron al maestro de albañilería y arquitectura y alarife municipal, Felipe Pérez Conde, ‘el Mayor’.
El 26 de diciembre de 1758 se inauguró el primer cuerpo de la ermita tal y como hoy la conocemos: el presbiterio, rotonda o cuerpo octogonal, en el que se ubica el altar mayor. En la decoración interior intervinieron los maestros doradores Juan Navarrete y Giuseppe Franchi. Asimismo, el 13 de diciembre de 1759 se firmó una escritura por la que se concertó la realización de un retablo (que no llegó a ejecutarse) con Sebastián de Arrabal por la cantidad de 1.150 reales.
En apenas unos años, el espacio físico que ocupaba la ermita quedó pequeño para albergar a los numerosos fieles que acudían a ella, por lo que en el mes de marzo de 1760 se solicitó al cabildo el permiso para fabricar un nuevo espacio arquitectónico que se agregaría al existente. El Ayuntamiento concedió la licencia, pero obligando a que se dejase la anchura necesaria en el camino para que no se dificultase el tránsito.
Felipe Pérez, ‘el Menor’, hijo del artífice del primer cuerpo de la ermita, labró durante tres años el segundo: la nave congregacional. En ella se construyó, en 1792, el camarín que albergaría a la imagen de la Virgen de los Dolores. En la actualidad, es el espacio en el que se ubica la imagen del Santo Suplicio.
La zona del atrio se debió alzar en la centuria del XIX. A principios del siglo XX, según se publicó en una revista de la época, “la capilla había corrido la misma suerte que todas las demás de su misma especie, que sólo contaban con la devoción de los fieles, estando cerrada al culto, disuelta su hermandad y agregada como aneja a la parroquia de San Pablo”, barrio de la Trinidad.
En la mañana del 12 de mayo de 1931, durante la ‘quema de iglesias y conventos’, un grupo de unas diez personas, la mayoría de corta edad, incendió y prácticamente destruyó el continente y el contenido de la ermita.
Ya en la década de los años cuarenta del siglo pasado, el edificio fue sometido a un proceso de reconstrucción y de reparación de los daños ocasionados. Fue el arquitecto diocesano Enrique Atencia Molina el encargado de dirigir las correspondientes obras, que finalizaron en 1945. Ese año, la Hermandad del Santísimo Cristo de los Milagros y María Santísima de la Amargura (Zamarrilla) trasladó su sede canónica desde la iglesia de la Santa Cruz y San Felipe Neri, donde se había asentado a la espera de la restauración, hasta la capilla.
Al edificio se le realizaron reformas puntuales en las décadas siguientes. El 26 de enero de 1984, el obispo Ramón Buxarrais firmó un decreto por el que se adscribía la ermita de Zamarrilla a la Hermandad de la Amargura. Dos años más tarde, fue sometida a un proceso de remodelación y embellecimiento. En el año 1998 se le realizó una profunda reforma.
En el año 2012 concluyó una nueva rehabilitación del popular edificio dieciochesco, que lo ha dotado de su actual y espléndido aspecto.
La ermita de Zamarrilla, la ‘catedral del pueblo en calle Mármoles’, constituye una seña de identidad del barrio de la Trinidad, al que históricamente siempre ha pertenecido, y ha sido y es el lugar en el que han ubicado su sede canónica las diferentes hermandades que de Zamarrilla han sido.

