Pregón de 2011

  • Rvdo. Sr. Delegado de Hermandades y cofradías, Rvdo. Director Espiritual, Sr. Presidente, miembros de la Junta Rectora, cofrades de Málaga, hermanos de Zamarrilla.

Señoras y señores.

Es un honor para mi, al tiempo que una gran responsabilidad, la confianza que pusieron en mi, en las postrimerías del mes de enero, mis compañeros de Junta y así me lo transmitió D. Juan García Alarcón, con su cariño y afecto de siempre: ser este año el pregonero de la salida procesional de nuestra cofradía de la Amargura ( Zamarrilla).

Desde aquel instante, que quedará en mi recuerdo como uno de los más reseñables de mi vida, no solo por la trascendencia del hecho, sino por lo que supone de reencuentro con sentimientos, recuerdos e ilusiones, mi alma se sintió turbada en su paz. Y todavía hoy no salgo de mi asombro al verme ante tan docto público.

Y es que, si bien, todos los que nos sentimos cofrades tendríamos una vivencia única que contar, creo no tener merecimiento para tan alto honor.

Por eso, quiero pediros de antemano, vuestra benevolencia ante mis palabras, que no serán más que sentimientos contenidos durante años, aflorando a borbotones desde mis entrañas.

Gracias D. Antonio Román por tus cariñosas palabras con que tan dulcemente dibujas mi semblante y que siento tan inmerecidas.

Tú, que el pasado año supiste conmover sentimientos religiosos desde la realidad cofrade y desde tu lírica fácil y certera, consigues con tus palabras apaciguar mis nervios para poder pregonar con orgullo la singular manera de vivir y sentir la Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo desde la fe de las gentes de de esta hermandad de Málaga.

Pero yo he venido aquí, ante vosotros, a desnudar mi alma de sentimientos, a mostraros lo que supone a quien se siente malagueño hasta la médula, el sentimiento cristiano desde el amor al Stmo. Cristo de los Milagros, Nuestro Señor del Santo Suplicio Y Mª Santísima de la Amargura Coronada.

Siento que hablaros de Málaga sería una osadía por mi parte. Pero voy a atreverme a llevaros a otra esfera.

Yo no quiero que la miréis con vuestros ojos, quiero que la veáis con vuestros sentidos…

Que os exalte el aroma de su azahar en las noches de primavera. Que os empapéis de la humedad de sus olas chocando contra la arena de sus calas. Que el calor de su templado sol dore vuestra piel, como las curtidas de aquellos cenacheros de otros tiempos.

Porque sí, Málaga, como ya cantaron otros pregoneros, poetas y escritores, es “la bella”, “la ciudad del paraíso”, “la dulce” o “la divina”. O como dijo Ortega y Gasset, “Málaga es una gota de luz”.

Pero, como todos sabéis, Málaga es mucho más que todos esos tópicos poéticos, mucho más que esa historia fenicia o judía, árabe o romana creando su cultura milenaria en rincones o jardines, callejuelas y monumentos para hacerla de belleza intemporal.

Para mí, Málaga son sus gentes, es este pueblo sencillo y singular, tolerante y sereno. Pueblo valiente donde los haya. Donde gentes de toda condición, de todos los oficios y profesiones y de todas las clases sociales, han sabido mantenerse, a lo largo de los años, unidos por lazos de hermandad, sin olvidar la herencia recibida y comprometidos con el futuro para seguir dando culto al Señor y a su Santísima Madre, desde el seno de las cofradías.

Cofradías que no dejan de ser centros de vida cristiana, donde su momento culmen consiste en llevar el mensaje de Cristo en su Pasión, muerte y Resurrección, como catequesis de amor, por las calles de Málaga.

Pero no podemos olvidar que esa llama de pasión cristiana, ese milagro de fe y desprendimiento, ese espíritu entusiasta, tuvo su sustento en los barrios de nuestra ciudad.

Unos barrios, en muchos tiempos olvidados de los poderosos, donde se vertebraron las más singulares tradiciones de nuestra tierra y entre ellas la de nuestras hermandades de Pasión.

Unos barrios donde se ubicaban distintos templos y capillas de donde fueron naciendo nuestras cofradías. En un inicio, en el seno de comunidades religiosas y posteriormente recuperadas por el espíritu inquieto de grandes creyentes de nuestro pueblo, que, ante la adversidad de terribles acontecimientos, no cedieron en su empeño de mostrar en culto externo esta manera de religiosidad popular.

Pero fue aquí, en los barrios, con sus gentes, en sus calles estrechas, bajo sus balcones, donde nacieron nuestras hermandades.

Barrios como el de la Victoria o los percheles y, como no, nuestro bendito barrio de la Trinidad.

Sí, mi barrio de la Trinidad, porque yo nací aquí, y sus calles no me fueron ajenas desde mis primeros años de vida. Nací cristiano en el año en que la Agrupación de Cofradías ya celebraba su 50 Aniversario, cuando todavía hombres de trono llevaban a la carrerilla a la Virgen de la Amargura, cuando los nazarenos vestían túnicas de damasco y…

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